Sonó el despertador. Eran las 5:45 de la mañana y aún era de noche. Hacía frio, y como cada vez que madrugamos, nos preguntamos quién nos mandó a hacer lo que sea que estábamos por hacer. Pero nos levantamos, nos abrigamos y salimos. Pasamos a buscar a las dos personas con quien pasaríamos el día entero en el desierto de Jaisalmer, un matrimonio de catalanes.

Un poco menos de una hora en jeep tardamos en adentrarnos en el Desierto de Thar, el gran desierto indio. Ahí nos estaban esperando dos chicos de casi veinte años, que serían nuestros guías durante todo el día. Nos prepararon un desayuno completo, tés, frutas, huevos y tostadas mientras charlábamos alrededor de la fogata. De a poco se iba asomando el sol y, la tierra árida, los árboles secos y las dunas de arena se iluminaban lentamente.

Jaisalmer
Amanecer en el Desierto de Thar – Jaisalmer

No visitamos zoológicos, ni acuarios, ni refugios. No hacemos ninguna actividad que requiera del uso o abuso de animales. Estamos en contra de la utilización de animales para actividades turísticas. Odio los zoológicos y me cuesta creer que los refugios sean menos negativos para las especies. Las actividades como nadar con delfines agarrándose de su aleta, o agarrar mantarrayas sacándolas de su hábitat natural, son de las cosas que más me enojan.

Todavía no entiendo cómo fue que aceptamos que parte del día que pasamos en el Desierto de Thar, haya sido arriba de unos pobres camellos. Sí, me arrepiento y no lo volvería a hacer. Sin embargo, agradezco ese día, tengo que agradecerlo. A veces, una mala decisión viene acompañada de una gran experiencia. Nuestra mala decisión de aceptar hacer un recorrido en camello, vino acompañada de la inolvidable experiencia de conocer e interactuar con una comunidad detenida en el tiempo, ayudarlos y aprender de ellos. Después de todo, también pude elegir hacer la mayor parte del camino caminando al lado del camello y no encima de él.

El desayuno fue a pura charla con los catalanes. Había pasado una hora desde que nos habíamos conocido y ya estábamos hablando de juntarnos a fin de año a comer algo en Cataluña. Terminamos de desayunar a la par que el sol terminó de salir. Nos subimos a los camellos incómodos y doloridos (ellos y nosotros). Las conversaciones siguieron. Especialmente entre Mery, uno de los guías y yo. Él nos hacía preguntas, y nosotras algunas a él. Cuando nos dijo que vivía allí, nos costó otras cuantas respuestas entender. “¿Acá? ¿En Jaisalmer?” Preguntamos. “No, acá en el desierto”, respondió.

Nos costaba parar el interrogatorio, queríamos saber más y él, lejos de molestarte, nos respondía. “Charlando es más divertido el día”, nos decía. Nos contó que tenía casi veinte años, que en ese desierto había nacido. Que su padre tenía un buen trabajo, pero con eso solo les alcanzaba para comer. Por eso, él quería trabajar mucho para que sus hermanitas nunca tengan que dejar la escuela. Después de un rato hablando, le preguntamos si podíamos conocer su comunidad. Nos dijo que tenía que llevarnos a otra comunidad que no está tan adentrada en el desierto y que siempre recibe visitas. Que eso es lo que la agencia tiene organizado para los tours.

Comunidad desierto de Thar
El barrio de Kako y su familia.

Acto seguido, nos dijo que, si de verdad queríamos, podía pasar por su casa. Su frase estuvo acompañada de sus hombros levantados y una cara de poco entendimiento. Nos advirtió que allí no había nada, calculo que para que no nos desilusionemos. ¡Si pudiera explicarle lo importante que fue para mí esa visita! Si supiera que lo que para él no es nada interesante, para mí fue un lugar maravilloso, de esos que te hacen pensar. Esos lugares que te abren los sentidos, te hacen ver más allá de las apariencias, escuchar mucho más de lo que en un desierto se puede escuchar, oler mucho más que la bosta de sus animales.

Con tan solo llegar, recordé lo importante de abrir un grifo de casa y que todos los días salga agua, para bañarme, para lavar lo que utilizo, y hasta para llenar un vaso y beberlo. Así, sin más. Con tan solo llegar, me di cuenta cuan dependiente soy de la electricidad y qué poco la valoro. Si en eso pensé ni bien llegue al pueblo, se imaginarán todo lo que paso por mi cabeza al conocer a la familia de Kako (ese era el apodo del guía, pues su nombre era difícil de recordar y mucho más largo).

A las primeras que vimos fueron a sus hermanitas, jugando afuera de su casa, en la tierra, descalzas y vestidas con una ropa que les quedaba grande, además de estar muy gastada. Jugaban con una especie de palangana y tierra. Cuando vieron llegar a su hermano, corrieron hacia él. Nosotros éramos cuatro extraños llegando a sus hogares, pero nos recibieron con sonrisas y mucho cariño.

Desierto Jaisalmer
Hermanita menor, la que reía a carcajadas mientras jugaba.

En India y en todo el mundo, existen comunidades a las que no les sobra nada y les falta mucho. No necesitamos conocerlas. En India, en Argentina y en todo el mundo, existen comunidades que no pueden satisfacer necesidades que para nosotros son básicas. Comunidades por las que nadie se preocupa. Todos lo sabemos. Pero, aunque lo sepamos, aunque conozcamos a alguna de esas comunidades de cerca, incluso aunque ayudemos a alguna/s de ellas, es inevitable que nos movilicemos al conocer otra. Conocer, interactuar, estar dentro de esas comunidades, aunque sea por un rato, te pone a prueba. Te recuerda lo importante de valorar, de ser agradecido, te incentiva a ayudar e intensifica tu empatía.

Antes de llegar, sabíamos que la única gran preocupación de esa familia es poder tener un plato de comida todos los días, y que sus niños puedan ir a la escuela. Cuando llegamos, entendimos que tienen un montón de otras necesidades como salud, higiene, energía eléctrica, agua corriente, para vivir en mejores condiciones. Sin embargo, para ellos, lo fundamental es ese plato de comida y que sus niños puedan estudiar. No piden más, no exigen más.

Algunos hogares están hechos de adobe, otros con piedras, otros combinan los pocos materiales que consiguen. Los camellos, para ellos, son un medio de transporte y carga, además de una fuente de trabajo. Es una comunidad detenida en el tiempo. Por eso digo que haber vivido ese día, realizando una actividad turística que va en contra de nuestros valores, me permitió no solo aprender de esa comunidad, sino también, entender que hoy, en el año 2018, todavía hay comunidades que no tienen la suerte de pensar que utilizar a un animal de esa manera, no está bien.

desierto de Thar
Almuerzo en el desierto

Almorzamos en una zona de dunas, muy alejada de nuestro punto de partida y casi en la frontera con Pakistán. Kako y su primo, el otro guía que tímidamente nos acompañó todo el día, cocinaron dejándonos ayudarlos sólo un poquito. A veces las comidas más simples son las que más se disfrutan. La hicieron casi sin utensilios, con ingredientes frescos y locales, y dos cacerolitas. El fuego se prendió prácticamente solo, tres ramitas del desierto sirven más que una bolsa de carbón. En pocos minutos, cada uno tenía su bandeja con verduras condimentadas, chapatis recién amasados y una porción de arroz. Mientras comíamos, algunos de los camellos caminaban debajo del rayo del sol, y otros descansaban debajo de un árbol.

Luego del almuerzo, emprendimos la vuelta. Se hizo larga, el sol estaba en su punto más alto y daba calor. El almuerzo me recordó lo temprano que me había despertado, el cuerpo pedía siesta. La distancia era larga, pero con Mery decidimos caminar y no seguir arriba de los camellos. Los chicos se turnaban, por momentos caminaban y otros iban arriba del camello.

Llegamos a las dunas, donde habíamos empezado nuestro día. Ahí nos esperaba nuestro conductor de Jeep a quien le habíamos pedido unas cervezas frías para disfrutar mientras presenciábamos uno de los atardeceres más lindos de nuestras vidas. Descansamos sacando fotos, corriendo, saltando en las dunas y conversando. A la conversación se sumó Guille, un viajero canadiense.

Dunas del desierto de Thar
Correr por las dunas del desierto

El sol terminó de ocultarse, el cielo pasó de ser naranja a ser azul, oscuro, intenso. Intenté contarlas, pero perdí la cuenta de la cantidad de estrellas que se veían en ese cielo. Para la cena ya éramos más personas. Mi mente ya no estaba ahí, estaba tratando de procesar todo lo que había vivido en ese día. Aún hoy, recuerdo las palabras de Kako hablando de lo importante que es su familia para él, de sus planes y sus ganas de progresar. De todo lo que mejoró su español en un par de horas. De lo agradecido que se mostraba, por su trabajo, por sus amigos, su familia, por su vida.

Siempre pienso que los lugares que visitamos, nos tienen preparados ciertos planes para nosotros. Al parecer, Jaisalmer nos había preparado los mejores encuentros.